Recetas de Magia blanca (III): Dulce de lechosa | Dulcear

Recetas de Magia Blanca continúan…

Para leer los capítulos anteriores haz clic aquí: Capítulo I (Galletas 4 harinas) y Capítulo II (Mandocas dulces de anís)

Agloj, la maga blanca y dulce amaneció muy contenta ese día pues iba a prepararle algo a su abuelito Jencaaz para el día de su cumpleaños. La fecha era mañana, pero quería anticiparse en buscar los materiales que iba a usar en su receta.

-Buenos días abue, te quiero mucho, y le dio un abrazo mágico, (como todos los abrazos de amor parental).

-Buen día querida Olga, ¿como amaneces hoy?, preguntó.

-Estoy muy emocionada porque quiero prepararte algo muy especial para tu cumpleaños.

– Solo quiero un abrazo fuerte como el de hoy y que salgamos a pasear al río, a ver figuras en las nubles, acostados en la ribera, propuso.

-Si claro, dijo, pero me refiero a que me gustaría regalarte algo especial el día de mañana.

-Uhmm ya entiendo. ¿Algo que yo quiera? “Regálame una estrella”, contestó.

-¿Una estrella?, preguntó como esperando que le aclarara el tamaño de la petición que le hacía.

Se vieron por un rato en silencio y viendo que no había aclaratoria alguna, Olga sonrió, lo abrazó de nuevo y se marchó.

-¿Dónde consigo una estrella?, ¿cuál estrella?, ¿uso la magia?, se preguntó repetidamente. Y con su duda salió a buscar respuestas con sus amigos del bosque.

Caminó largo y corrido pensando en el regalo, hasta que el Río Tigre le detuvo su andar. Y justamente allí se encontró con el  Tigre, un animal grande y como con manchas moteadas, pero manso y amigable, como un gato grande. Es de Guárico, pero se vino a vivir Monagas, porque por allá los están cazando para usar sus pieles.

-Hola Tigre, dime, ¿dónde consigo una estrella?

-Hola querida Olga. He visto estrellas en los uniformes de gentes que persiguen a los cazadores que nos matan. ¿Te sirve esa estrella?

-No creo que sea un regalo… pensó.

Y llego el Colibrí y escucho la conversación.

-Yo de noche no vuelo pero he visto miles de estrellas en el firmamento. Todas son nuestras, a veces le pongo nombres de familiares que ya no están. Le puedes regalar una de esas.

-Sí, buena idea, pero ¿cómo la bajo de tan alto? pensó Olga, y luego recordó que cuando era más pequeña había tratado alguna vez de atrapar a la luna.

De repente en el río que venía del caño del río grande se apareció un manatí. Los manatíes son animales mamíferos extraños pues no tienen brazos, parecen ballenas por lo gordas, y con cara de cochino. Olga pensaba en forma graciosa de la misma manera, pero nunca se le hubiera ocurrido decírselo.

-A veces voy al mar y converso con mis amigas las estrellas de mar. Se parecen a las del cielo pero con cinco patas; no se les escucha mucho porque siempre están boca abajo. Si quieres invito a una para que las conozcas, le dijo el manatí.

-No creo, gracias. No las conozco pero no creo que abuelo quiera tener una, contestó.

Y así, como llegó, emprendió el regreso. Tampoco pensaba en estrellas de cine que a veces veían en la televisión. Antes de entrar a la casa fue a visitar a la tía Maruja, que era también una maga blanca y dulce, pero ni siquiera lo sabía.

-Hola Tía Maruja, ¿qué estás haciendo?, preguntó.

-Hola Olga, acabo de tomar esta fruta del jardín y me dispongo a prepararla como dulce. Es de los preferidos de la gente, seguro lo conoces, se llama “dulce de lechosa”.

Y Olga cerró los ojos y recordó su infancia, las manos de su madre, los olores, las especias y evocó sus sabores.

-Si tía, me encanta. ¿Me puedo quedar a ver?, solicitó.

La tía Maruja había recolectado varios productos que Olga observó en la mesa de la cocina: lechosa verde, agua, clavos de olor, azúcar, y papelón. La tía cortó la lechosa lavada en tres partes, pero cuando volteó uno de los trozos, lo ojos de Olga crecieron como del tamaño de una parapara (semilla negra grande), y con cara de asombro dijo para si misma:

-Encontré la estrella de abuelito, esta es perfecta…, exclamó

Y es que la lechosa cuando la cortas tiene forma de estrella. Era la estrella perfecta para el regalo; era dulce, era de su jardín, era algo que podía hacer, y que también se acercaba a la solución del acertijo. Y así siguió observando la preparación.

Maruja le quitó la concha a la fruta con un cuchillo, cuidando de no cortar sus dedos. La lechosa era como de un kilo. A cada pedazo le sacó las semillas y los cortó en trozos pequeños como dados, más o menos. Los puso en agua hirviendo hasta ablandarlos un poco. Poco a poco fue añadiendo una taza de azúcar, unos clavitos de olor (especia), y dos cucharadas de papelón o melaza de caña. Durante la preparación se desprende un olor mágico producto de la cocción de la fruta, el papelón y el clavito.

– Gracias tía, me voy corriendo a casa a prepararlo yo también, y se despidió.

En su jardín, consiguió la lechosa verde de un kilo, la peló, pero la cortó en trozos grandes como de un centímetro de ancho, porque en su acto de magia iba a usar el molde de estrella de hacer galletas, para que lechosa verde le quedara con esa forma. Esta vez le colocó poca agua pues sabía que la lechosa aporta una parte en la cocción, y cocinó hasta que el líquido quedara como un melado espeso y de color ámbar, producto del papelón y del azúcar cuando se cocina.

Al enfriarse la preparación, Olga colocó el postre en la nevera, bien guardado para que el abuelo no lo viera. A la mañana siguiente corrió y le dio un gran abrazo, como el cumpleañero había pedido. Luego salieron a caminar hasta el río y compartieron con el tigre, el colibrí y el manatí, las formas graciosas que tienen las nubes en su paso, pero esta vez, la pequeña maga, estuvo con una gran sonrisa y sin hacer preguntas.

Al regresar a la casa, Olga, ya como Agloj, la maga blanca y dulce, hubo de servirle el regalo a su abuelo Jencaaz. Su abuelo al ver su regalo perfecto, sintió que subía por su piel un rubor mágico, que solo el orgullo y los deseos cumplidos, pueden producir.

Sin dudas, el rubor al llegar a los ojos, se volvió mar.

 

La lechosa al picarla, tiene forma de estrella. Imagen: http://www.klinikaborsikandungan.com/

 

Fotografía: Efrén Hernández

Alberto Lindner comparte, inventa y cuenta deliciosas recetas en su blog: www.cocinardepie.blogspot.com

 

Recetas de magia blanca (II): Mandocas dulces de anís

 

Recetas de magia blanca (I): Galletas cuatro harinas

 

Deja un comentario

0

Tu carrito