Recetas de Magia Blanca continúan…

Para leer los capítulos anteriores haz clic aquí: Capítulo I (Galletas 4 harinas) y Capítulo II (Mandocas dulces de anís)

Agloj, la maga blanca y dulce, amaneció muy contenta ese día pues iba a prepararle algo a su abuelito Jencaaz para su cumpleaños. Era al día siguiente, pero quería anticiparse en buscar los ingredientes que necesitaría para su receta.

-Buenos días abue, te quiero mucho, y le dio un abrazo mágico, (como todos los abrazos de amor).

-Buen día, querida Olga, ¿cómo amaneces hoy?

-Estoy muy emocionada porque quiero prepararte algo muy especial para tu cumpleaños.

– Solo quiero un abrazo fuerte como el de hoy y que salgamos a pasear al río, a ver figuras en las nubles, acostados en la ribera, propuso.

-Sí, claro, pero me refiero a que me gustaría regalarte algo especial.

-Uhmm, ya entiendo. ¿Algo que yo quiera? “Regálame una estrella”.

-¿Una estrella?

Se vieron por un rato en silencio y viendo que no había aclaratoria alguna por parte del abuelo, Olga sonrió, lo abrazó de nuevo y se marchó.

-¿Dónde consigo una estrella?, ¿cuál estrella?, ¿uso la magia?- se preguntaba Olga repetidamente. Y salió a buscar respuestas en sus amigos del bosque.

Caminó largo y corrido pensando en el regalo, hasta que el río le detuvo el andar. Y justamente allí se encontró con el Tigre, un animal grande y con manchas, pero manso y amigable, como un gato grande. Es de Guárico, pero se vino a vivir Monagas, porque por allá los están cazando para usar sus pieles.

-Hola, Tigre, dime, ¿dónde consigo una estrella?

-Hola, querida Olga. He visto estrellas en los uniformes de gentes que persiguen a los cazadores que nos matan. ¿Te sirve esa estrella?

-No creo que esas sirvan para un regalo…

Y llegó el Colibrí, que había escuchado la conversación:

-Yo de noche no vuelo, pero he visto miles de estrellas en el firmamento. Todas son nuestras, a veces le pongo nombres de familiares que ya no están. Le puedes regalar una de esas.

-Sí, buena idea, pero ¿cómo la bajo de tan alto?- pensó Olga, y luego recordó que cuando era más pequeña había tratado alguna vez de atrapar a la luna.

De repente en el río se apareció un manatí. Es un mamífero extraño, pues no tiene brazos, parece una ballena por lo gorda, y tiene cara de cochino. Así lo describía Olga en su cabeza, pero nunca se le hubiera ocurrido decírselo.

-A veces voy al mar y converso con mis amigas las estrellas de mar. Se parecen a las del cielo pero con cinco patas; no se les escucha mucho porque siempre están boca abajo. Si quieres invito a una para que las conozcas.

-Gracias, pero no creo que abuelo quiera tener una en casa, jamás las sacaría de su hábitat.

Y así como llegó, emprendió el regreso. Tampoco pensaba en estrellas de cine que a veces veían en la televisión.

Antes de entrar a la casa fue a visitar a la tía Maruja, que era también una maga blanca y dulce, pero ni siquiera lo sabía.

-Hola, Tía Maruja, ¿qué estás haciendo?

-Hola, Olga. Acabo de tomar esta fruta del jardín y me dispongo a prepararla como dulce. Es de los preferidos de la gente, seguro lo conoces, se llama “dulce de lechosa”.

Y Olga cerró los ojos y recordó su infancia, las manos de su madre, los olores, las especias y evocó los sabores.

-Si tía, me encanta. ¿Me puedo quedar a ver?

La tía Maruja había recolectado varios productos que Olga observó en la mesa de la cocina: lechosa verde, agua, clavos de olor, azúcar, y papelón. La tía cortó la lechosa lavada en tres partes, pero cuando volteó uno de los trozos, lo ojos de Olga crecieron como del tamaño de una parapara (semilla negra grande), y con cara de asombro dijo para si misma:

-Encontré la estrella de abuelito, esta es perfecta.

Y es que la lechosa cuando la rebanas, revela formas de estrella. Entonces Olga no tenía duda de que se trataba del regalo ideal: era dulce, provenía de su jardín y lo haría con sus propias manos. También se acercaba a la solución del acertijo.

Maruja le quitó la concha a la fruta con un cuchillo, cuidando de no cortarse. La lechosa era como de un kilo. A cada pedazo le sacó las semillas y los cortó en trozos pequeños como dados, más o menos. Los puso en agua hirviendo hasta ablandarlos un poco. Poco a poco fue añadiendo una taza de azúcar, unos clavitos de olor, y dos cucharadas de papelón (melaza de caña).

Durante la preparación se desprende un olor mágico producto de la cocción de la fruta, el papelón y el clavito.

– Gracias tía, me voy corriendo a casa a prepararlo yo también.

En su jardín consiguió la lechosa verde de un kilo, la peló, pero la cortó en trozos grandes como de un centímetro de ancho, porque en su acto de magia iba a usar el molde de estrella de hacer galletas, para que lechosa verde le quedara con esa forma. Esta vez le colocó poca agua pues sabía que la lechosa aporta una parte en la cocción, y cocinó hasta que el líquido quedara como un melado espeso y de color ámbar, producto del papelón y del azúcar.

Al enfriarse la preparación, Olga colocó el postre en la nevera. Bien guardado para que el abuelo no lo viera. A la mañana siguiente corrió y le dio un gran abrazo, como el cumpleañero había pedido.

Luego salieron a caminar hasta el río y compartieron con el tigre, el colibrí y el manatí las formas graciosas que tienen las nubes en su paso, pero esta vez la pequeña maga, estuvo todo el tiempo con una gran sonrisa y sin hacer preguntas.

Al regresar a la casa, Olga, ya como Agloj, la maga blanca y dulce, hubo de servirle el regalo a su abuelo Jencaaz. Su abuelo al ver su regalo perfecto, sintió que subía por su piel un rubor mágico, que solo el orgullo y los deseos cumplidos, pueden producir, y que al llegar a los ojos, se vuelve mar.

La lechosa, al picarla, tiene forma de estrella. Imagen: http://www.klinikaborsikandungan.com/

Fotografía: Efrén Hernández

Alberto Lindner comparte, inventa y cuenta deliciosas recetas en su blog: www.cocinardepie.blogspot.com

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