Puré de calabaza, otra receta de magia blanca…


La cocina y la música

El abuelo Jencaaz posee una biblioteca respetable de libros. Los ha atesorado por años. En algunos de los libros científicos encontró que en el sabor de las comidas, el olor cumple una función importante. Es más: Con asombro y cierta duda, Agloj recuerda haber leído que el 60% del sabor de las comidas lo aporta el olor. El cerebro es el que se encarga de conjugar ambos sentidos en uno solo.

 – ¡Es por eso que cuando una tiene gripe, la comida no sabe a nada!, llegó a decir Agloj.

Pero hoy tiene otra duda, ¿será que el sonido también tiene que ver con el gusto? Con la duda entre los dientes corrió hacia su abuelo mago:

– Abuelito, ¿será que el sentido de la audición también tiene que ver con los sabores? Quiero decir, más que el sonido, ¿quizá la música tiene que ver con los sabores de la cocina?

– Querida Agloj, te voy a responder con una pregunta.

 Y tomándola de la mano, se la llevó caminando por el corredor hasta el patio. La estancia era grande y estaba verde por las lluvias.

A Agloj le enamoraba el sonido de la lluvia sobre el metal, que se convertía en una letanía sin fin, pero que era como música para sus oídos (aún no sabía la razón por la que le gustaba tanto). También lo llegaba a asociar con la tierra recién mojada.

Después del patio había un potrero donde el abuelo Jencaaz tenía veinte vacas que le daban leche para sus preparaciones.

– ¿Qué ves?

– Veo tus vacas. Hay blancas, negras y pintadas.

– ¿Y has visto como las ordeñan en la madrugada?

– Sí, abue. Los ordeños son cantados. Cada vaca tiene un nombre y el que ordeña la llama por su nombre y le canta durante el ordeño.

– Qué buena observadora eres. Ahora bien, tú qué piensas: ¿Sabrá igual la leche de ordeño con canto que la realizada por una máquina?

– Creo que debe saber mejor la leche que se obtiene del ordeño cantado. Me imagino que la vaca se relaja y se conecta con las emociones positivas del que canta. Yo creo que cantar y bailar, tienen que producir emociones positivas. Desde ese sentimiento seguro habrá diferencias.

– Exacto, querida Agloj. La música potencia las emociones y desde allí, los sabores. ¿Y qué otro momento de la cocina recuerdas que tenga que ver con la música?

– Pues creo que cuando se pila el maíz, las mujeres cantan también. El canto marca el tiempo en cada mujer, y así, aprisionan los granos.

– Pues también es un buen ejemplo. El maíz pilado entonces es capaz de contar historias, aquellas que se contaron pilando.

– Yo te he visto hablándole a las hortalizas del jardín y a veces te he oído cantar. ¿Crees que también tiene que ver?

– Eso no se trata de creer o no creer, sino de sentir o no sentir. Al final, en el canto, se construye el cantor. Y un mejor cantor, seguramente, al ser más feliz, producirá mejor cosecha, que a la postre, sabrá mejor.

– ¿Qué canción de la infancia recuerdas abuelito?

– Cuando era muy pequeño por 1963, mi madre, tu bisabuela, escuchaba en la radio la misma canción que repetían cada cinco minutos. Se llamaba magia blanca:

Magia blanca tú tienes, me has hechizado a mí 

Con tu mirada coqueta, con tu manera de hablar 

Cuando pasando caminas, todos te admiran a ti 

Porque eres así, fíjate en mí, no me hagas sufrir 

Oh magia blanca, magia blanca, que te embrujo 

Magia blanca tienes tú, me haces llorar, con tu castigar»

(Trío Venezuela, 1963)

– ¿Y qué sientes cuando la cantas, abuelito?

– Una canción es capaz de conectarte con los más profundos y queridos recuerdos; algunas veces un poco olvidados. Al traerlos de vuelta, regresan con las querencias, las emociones y sentimientos. Es una evocación que nos conecta con lo que nos pertenece, lo que nos hace ser lo que somos ahora. Cuando cocinamos recetas de familia, las que nos constituyen, tenemos que conectarnos con los recuerdos y desde allí, con los olores, los sabores y las canciones.

– ¿Y a que te sabe tu canción?

– Pues sabe a auyama. Mamá hacía puré de auyamas y luego lo usaba para preparar un pie o una torta. A mí me gusta más la torta…

Puré de calabaza

«Ella cocinaba la auyama con la concha hasta ablandar. Como medio kilo. Luego lo pasaba por la licuadora o el pasapuré. Para esa cantidad, agregaba una taza de leche, una taza de azúcar, más cinco cucharadas de leche en polvo. Cinco cucharadas de fécula de maíz y dos tazas de harina cernida. Con las harinas, mezclaba una cucharadita de polvo de hornear y una de bicarbonato. También le agregaba, como a la torta de zanahoria, una cucharadita de canela, una de jengibre y un tercio de clavos de olor con un chorrito de vainilla.»

– Es difícil repetir las recetas de otros. Cada quien cocina bajo lo que es y lo que siente, y seguramente será distinto de otra persona. Lo que buscamos como magos dulces es la esencia, aquello que nos conecta desde el amor, a los orígenes y desde allí, al amor hacia otros, continuando la cadena sin fin. Así también es la magia blanca y dulce…

Y es así como Agloj, escribió en su diario sobre cómo la música también tiene que ver con la cocina.

Alberto Lindner
Alberto Lindner es arquitecto, consultor, profesor de pregrado en la Universidad Metropolitana. Promotor de bienestar y Coach Ontológico certificado. Además, escribe sobre lo que cocina y lo comparte.

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