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Mitología dulcera, según Chacha fitness

La mitología dulcera es una de las materias que más apasionan a nuestra querida Chacha Fitness…


¿Alguna vez te has preguntado de dónde salieron los postres más ricos? Hay cantidad de historias de los dioses dulcísticos que seguro desconoces. Aquí te cuento el origen de cuatro de ellos

Los profiteroles: Profiteo era un semidios al que le gustaba mucho hornear y era muy guapo (su papá era un mortal que nació en Francia y por eso Profiteo hablaba muy bien francés desde chirriquitico). Un día de la madre, las ninfas lo invitaron a salir y Profiteo dijo que no podía ir porque tenía que hacerle a su mamá, la diosa Chocolatea, unos pancitos. Las ninfas se molestaron porque las quería dejar vestidas y alborotadas y para vengarse le lanzaron un puñado de harina en la nariz. Profiteo estornudó tan duro (¡choux!) que los pancitos se llenaron de aire por dentro. Espantado, el semidios dijo que ahora menos podía salir, porque le parecía muy triste regalarle a su mamá unos pancitos huecos. Las ninfas, arrepentidas, se los rellenaron con cremita pastelera. Y cuando Profiteo se los llevó a su mamá, Chocolatea se puso tan feliz que se derritió de amor.

La milhojas: Crémita era una diosa muy coqueta y presumida. Un día se sentó sobre una capa de hojaldre y se mandó a hacer un retrato, pero no le gustó. Se puso un velo de masa filo a ver si salía más bonita. Volvió a explayarse para posar y por un ratico le gustó lo que vio, pero decidió ponerse otro velo de masa filo. De nuevo le pareció que había salido decente, pero después se volvió a empeñar en que necesitaba otro más. Por inconforme, en ese relajo quedó irreconocible y llegó el inclemente invierno del azúcar glass, que finalmente cubrió para siempre su belleza.

El tiramisú: Cuenta un mito romano que en las frías faldas del volcán del dios Mascarpone vivía una docena de plantillas muy tacañas y bebedoras. Las plantillas tenían un gato que las quería mucho y las seguía a todas partes, pero ellas eran muy ingratas y no le hacían caso. Un día, las plantillas salieron a tomar ron sin invitar, fieles a su costumbre de no compartir nada. Para conmoverlas, Mascarpone se hizo pasar por un mendigo y les dijo: “¿cuál de ustedes me invita un traguito, que tengo frío?”. Engreídas como eran, se echaron a reír y le dijeron “ni de vainilla. Preferimos tirarte al gato que darte ron”, y le lanzaron al pobre minino encima. Ante tamaña afrenta, Mascarpone estalló en ira y empezó a llover café en el campo. Las plantillas borrachas se enchumbaron y una avalancha gigante de queso cremoso rodó por las faldas del volcán y las aplastó. Mascarpone quedó echando chispas de cacao en polvo por muchos días y como castigo por su soberbia rebautizó a las plantillas. Por eso hoy las conocemos como lenguas de gato.

El arroz con leche: Lactina era una joven muy curiosa que quería saber más de otros mundos. Un día se topó con Arrós, un doncel granuloso que parecía duro pero resultó blandito… No obstante, su amor era imposible. Él era de almuerzo. Ella, de desayuno. Un día, Lactina le robó una rama de canela a la desprevenida Avena y con él se fue remando a la olla de Arrós, donde precipitóse de amor. Así, junticos y empegostados, fueron felices para siempre.

Y colorín colorado, sabrosito habrás dulceado.

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