Un recorrido por los lugares de Caracas donde solía comer postres.

Los buenos postres son como los amigos: nos acompañan en buenos y malos momentos; son capaces de subirnos el ánimo y de reconciliarnos con la vida. Y cuando no los tenemos cerca, los extrañamos horrores. Después de siete años lejos de Caracas, mi ciudad, extrañar se me ha vuelto un verbo cotidiano. Extraño a los amigos y a la familia, extraño los lugares que frecuentaba. Y, por supuesto, extraño tanto la comida.

Tengo una memoria selectiva, que guarda con fidelidad los sabores que me gustan mucho. Por eso fue fácil hacer una selección de los que más recuerdo. No sé si estos lugares existen todavía, si han sobrevivido a la aplastante crisis que agobia a mi país. No sé si persisten los sabores que yo atesoro. En honor a esa nostalgia del paladar (¿existe alguna más noble?), escribo para no olvidar: para seguir saboreando mis recuerdos.

El Dulce sin nombre de la Tívoli. La Pastelería Tívoli era famosa por su especialidad: las tartaletas de fresa. Y confieso que era difícil no caer en la tentación cuando los pasteleros se abrían paso con una de esas en cada mano para ordenarlas en la nevera donde se exhibían como joyas. Pero nunca fui muy aficionada a ellas, ni siquiera por sus frutas de concurso. Yo iba allá con otro objetivo: comer el “dulce sin nombre”. Me lo recomendaron y pensé que era un chiste; lo pedí con dudas, esperando una carcajada cuando dije: “Por favor, un Dulce sin nombre”. Pero al escucharme, acostumbrada, la mujer simplemente cogió una pinza y me dio una suerte de profiterol relleno de crema pastelera y chantilly y una ligera capa de almendras tostadas. Esa mezcla de textura inesperada me obligó a volver miles de veces. Aquel Dulce sin nombre, despertaba un placer que en efecto era indecible.

Caracas
 El dulce “sin nombre” de la pastelería Tivoli.

Pastelitos de Belén. Cuando me fui a trabajar en El Universal, un amigo me felicitó: “Estarás muy cerca de los pastelitos de Belén”. Yo hice caso y fui derecho a la panadería donde los vendían. Cuando me señalaron esas “tartaletas de nata quemada”, desistí. No me atraían en lo absoluto. Y desobedeciendo la voz sabia de mi amigo, no me animé a probarlos. Pasaron dos años perdidos (¡todavía me arrepiento!). Y un día ocurrió: ahí, en medio de baguettes y café recién colado, sentí un sobresalto: un aroma desconocido y seductor me elevó sobre el piso. “¿Qué huele tan rico?”, pregunté. La respuesta era obvia: “Pasteles de Belén. Salen en diez minutos”. Esperé en éxtasis, acariciada por ese olor. Cuando por fin los probé, recién salidos del horno, quedé enseguida atada a una nueva rutina. Todos los días, a las 3:00 de la tarde, pasaba a recoger uno, dos, o varios para compartir. Hoy, muy lejos de esa calle en el centro de Caracas, después de almuerzo, a veces imagino que doy unos pasos hasta la vieja vitrina donde los exhibían sin pudor.

Caracas
Pasteles de Belén.

 

Milhojas de la Pastelería Real. Mi abuela era fanática de las Bocas que vendían en esta pastelería ubicada en la Alta Florida: dos discos de bizcocho con una exagerada porción de merengue sin hornear. Es decir, crudo, como el que yo lamía de los envases y las paletas cuando mi abuela preparaba sus postres. Era como comerse una “arepa” rellena de suspiro, con un gran mordisco que te obligaba a abrir la boca como si fuera una hamburguesa de Plaza Venezuela. Eran buenas, pero lo realmente inigualable allí era la milhoja, que vendían en grandes pedazos rectangulares: era la felicidad en cada bocado. Hace años se acabó la Pastelería Real, y en su lugar quedó La Ensaimada. Con aquella, qué tristeza, creo que desaparecieron las bocas y las milhojas.

Cambures tempurizados de los chinos de la Baralt. “Los de la Baralt”: así se conoce este restorán, famoso por su mero al vapor, sus berenjenas guisadas con ajo y otras delicias de un menú interminable. No hay restorán chino más delicioso, aún con sus manteles manchados y su ambiente de cuchitril. Todo era rico pero el postre era sencillamente insuperable: cambur tempurizado, con lluvia de azúcar naranja y maní. Este plato era distribuido a discreción por la dueña, una china de cara amarrada que daba órdenes desde la cocina. Ella decidía quiénes eran los elegidos que comerían el cambur. Al llegar debías reservarlos. Pero, aún así, a veces te los negaban al ordenar. “No hay”, decía el chino con sadismo. “Pero yo reservé”, reclamabas. Y era peor. Un día me empeñé en averiguar cuál era el criterio de la mujer. Y descubrí que había un equilibro delicado: no podías demostrar ansiedad, pero tampoco indiferencia. Había que pedirlos con cierto desapego, pero con suficiente deseo. Era difícil lograr ese tono. Yo a veces lo conseguía, y era feliz. Pero muchas veces me los negaron, y me tuve que ir muerta de envidia, después de ver a otros comensales, privilegiados que podían saborear la gloria.

Minicroissant de chocolate en la Avenida Urdaneta. Soy quisquillosa con los postres que llevan chocolate. A veces son muy grasosos o muy amargos. Entonces, para evitar riesgos, no suelo pedir postres con cubierta o relleno de chocolate. Un día, en la Avenida Urdaneta, entré a una panadería atraída por un intenso olor dulce: eran los minicroissant de chocolate recién salidos del horno. Siguen siendo los más deliciosos que he probado. Los compraba por docenas para después calentarlos en el horno a fuego muy bajo y tener uno siempre a mano. Pero no estaban rellenos de chocolate; sino que tenían una ligera cantidad en cada capa de la masa. Así, al enrollarlos, todo el croissant quedaba untado. Me volví un poco adicta a ellos. También los había de guayaba, pero esa es otra historia.

Helado de yogurt del CCCT. El Cececeté fue durante mi adolescencia el mejor lugar de encuentro. Allí era obligatorio acercarse al supermercado Cada, a un rincón insignificante justo al lado, y pedir una barquilla de yogurt en la Heladería Qué bueno. Probé muchas versiones en franquicias con nombres rimbombantes, de máquinas que le agregaban fruta. Probé todos los helados de yogurt que vendían en Caracas, y ninguno era tan rico como ese: con su ácido justo y su toque de dulce equilibrado. Cuando vuelva a Caracas, sin duda, pasaré por mi barquilla.

Pasteladas de la Panadería Andina. Cuando trabajé en El Nacional me inventaba cada tarde una merienda. Ejemplo: compraba cambures y una lata de leche condensada. Y mis colegas me miraban incrédulos, pero dos minutos después comían fascinados. También solía comprar paquetes de obleas y arequipe que preparaba en mi escritorio. Un día descubrí una panadería tradicional, en los alrededores de Puente Nuevo a Puerto Escondido. En esos muebles antiguos exhibían panes andinos y pasteladas: dos tapas de hojaldre rellenas de suspiro. Un sánduche glorioso. Una vez se me cayó un trozo de pastelada encima de un cactus que tenía sobre el escritorio, y no dudé en recuperarlo, sin darle importancia a las pequeñas espinas que se habían mezclado con el merengue. Todavía las recuerdo atoradas en mi garganta. Pequeñeces.

Crema inglesa en el Café Arábica. Eran perfectas las citas en ese lugar, sobre todo si ibas sin prisa, porque los mesoneros te dejaban vegetar durante horas sin consumir ni agua. Si te antojabas de una torta, lo mejor era acompañarla con una tacita de crema inglesa. Cuando la probé caí extasiada. ¿Cómo algo tan sencillo podía ser tan sabroso? La segunda vez me atreví a hablar con el chico que las servía, y con mi mejor sonrisa le pedí que me pusiera mucha crema inglesa. Resultado: una torta tibia y esponjosa que nadaba en un pozo de leche espesa y dulce. Yo cuchareaba aquella sustancia como si se tratara de una sopa celestial.

Las bombas de cualquier panadería. Nada que esté relleno y frito puede salir mal. Esta máxima incluye desde las empanadas y los pastelitos hasta un zapato viejo. Pero hay un grado superior: frito, relleno y dulce. Es decir, las bombas. Mi mamá siempre cuidó nuestra dieta, y para ella todas las frituras estaban proscritas. A veces ella rompía las normas y nos dejaba comprar bombas en la Panadería Los Próceres, en San Bernardino. Estas dulces pelotas de masa frita no solo eran ricas, sino que guardaban además el sabor magnético de lo prohibido. Las bombas eran tabú. Una vez nos cayeron mal, y mi mamá durante años usó aquel evento como una amenaza: “¿Recuerdas que una vez te dolió la barriga?”. Y sí, lo recordábamos, pero aquello no era relevante. Si no arriesgas la vida por una bomba, ¿por qué otra cosa lo harías?

Donas. Donuts
Las ricas bombas.

Mi lista de postres es larga, casi infinita. Aquí podría citar los golfeados de Santa Eduvigis; la cola de langosta de la Avenida Victoria; el queso camembert con miel y nueces y la creme brulee del Bar Basque; el baclava de El Arabito; el pecan pie de Casa Roux; el croissant de almendras de St. Honoré; el pie de canela de Café Ti amo; la torta de alfajor del café de la Casa Rómulo Gallegos; el helado de bienmesabe de la Heladería della Nonna; la torta de zanahoria de Café Olé; las caracolas de la Panadería Aída. Podría seguir un largo rato, pero ya es demasiada la nostalgia. Y el hambre, que es su cara más amarga.

 

María Gabriela Méndez
Periodista y licenciada en Letras, egresada de la Universidad Central de Venezuela. Hice un máster en editoría y periodismo cultural en la Universidad La Sapienza de Roma. He trabajado en El Nacional, El Universal, El Mundo y el semanario EnCaracas. He colaborado para algunas revistas como Arcadia, Gatopardo y Esquire. Soy coautora del libro Pioneros. Escenas de los primeros cinco años del Sistema Nacional Orquestas de Venezuela. Desde inicios de 2012 vivo en Bogotá. Desde 2015 soy Jefe de redacción de la Revista Bienestar.

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