Comer puede ser, también, una forma de viajar.

De la manera más evidente, ese viaje sucede hacia adelante. Uno se sienta y prueba una comida típica de algún lugar y la mezcla de olores, sabores y texturas lo traslada a uno a ese sitio. Independientemente de que uno haya o no estado allí, un bocado bien saboreado puede tener ese efecto. Pero a veces el viaje es también de retorno, y eso es, en mi opinión, mucho más interesante.

Como inmigrante, mi vida se compone de la experiencia que voy acumulando en el nuevo lugar en el que vivo y de todo lo que ha quedado del lugar que he dejado atrás y que mantengo vivo no solo en mi memoria, sino en mi cotidianidad. Cada uno de nosotros vive este proceso a su manera, pero en mi caso, hay una convivencia entre esos dos lados del espejo que se manifiesta también a la hora de cocinar y sentarme a comer.

Me interesa aprender de los sabores de aquí y preservar los de allá. Me interesa hacerlos convivir en mi mesa y mi experiencia diaria de servir y disfrutar. Y más recientemente he entendido que me fascina ver cómo eso que uno creía un sabor “de allá” en realidad es producto de un viaje largo. Tan largo que a veces ese sabor termina llegándote por otro lado, y entonces se encuentra en tu memoria con el otro, con el que te trajiste en la nostalgia. Y te das cuenta de que al final no estás tan lejos de casa como creíste.

Me pasó hace poco con un descubrimiento que hice por aquí. Cerca de mi casa queda este café donde me gusta ir a veces. Uno como tantos otros que hay en esta parte de Montreal, que es bonito, tranquilo y cálido. Cálido aquí tiene un valor diferente, hay que decirlo. Cálido aquí significa que te permita refugiarte de una temperatura que a veces es sinceramente inhumana, de la noche que se pone a las 4 de la tarde y de la falta que te hace el color, salir de tu encierro un rato y estirar las piernas, respirar otro aire aparte del que escupe la calefacción y que te reseca las fosas nasales.

El hecho es que voy a este café que me gusta y que se llama Brooklyn, como esa otra ciudad norteamericana que se me parece bastante a esta y me siento a tomar un café y me asomo a ver qué hay de dulce para acompañarlo. Y entonces lo veo: “Gateau Franca”. Pregunto qué es y qué tiene y me describen una coffee cake. Me digo que es mucha casualidad y la pido. Me sirven un buen trozo, que ataco enseguida con el tenedor.

Y de repente estoy allá, en Caracas, en Las Mercedes, en una media mañana de domingo tropical, haciendo la fila para decidir si me llevo el de nueces o el de chocolate y si de paso pido las galletitas que nunca puedo dejar pasar. Este Gateau Franca me ha transportado a ese café caraqueño que lleva el mismo nombre, donde tantas veces almorcé sola o acompañada, donde tantas veces resolví el postre que debía llevar a una reunión con amigos, donde aunque no hubiera puesto para estacionar yo me las ingeniaba para ir una y otra vez, porque esa coffee cake tenía que comérmela, hasta la última miguita.

No pregunto nada. El muchacho que atiende la barra es el que hace el café, monta las ensaladas y los sánduches y lava los platos. La joven que lo acompaña cobra, recoge las tazas, limpia las mesas, cobra. Los dos están demasiado atareados como para contarme de dónde viene esa torta, quién la hace y por qué se llama Franca. Ellos sólo trabajan allí, así que tampoco creo que se sepan el cuento completo.

Recurro entonces al oráculo que todo lo sabe, y encuentro una breve referencia: la torta se llama así porque es una receta de la tía polaca (“la tante Franca”) de Natalie van Westrenen, la dueña del café. No tiene nada que ver con la otra Franca que yo conozco. Pero su torta sí. Se parece muchísimo. O al menos mi memoria gustativa las ha superpuesto aquí y ahora, en Montreal, varios años después de haberme devorado el último pedazo allá en Caracas, con las guacamayas coloreando el crepúsculo caribeño.

Confieso que terminé de comerme el pedazo de Gateau Franca con emociones mezcladas. La nostalgia puede ser como un niño pequeño: el dulce la alborota.

Escribiendo esta nota e investigando sobre el tema, contacto a Natalia Díaz, co-propietaria de Franca en Caracas. Le explico todo y le digo que quiero saber más sobre su famosa torta y de dónde viene. Me cuenta que la receta la heredaron ella y su esposo Carlos César Ávila al comprar la pastelería Casa Roux. Como clientes siempre les había gustado ese postre. Pero ellos lo variaron y le dieron su toque personal. “Le bajamos el azúcar y comenzamos a endulzar con frutas y papelón, buscando algo más natural. Eliminamos las grasas trans (un punto de honor de nuestra cocina) y añadimos yogurt para mejorar la textura”, relata. Y viene entonces la otra parte de esta historia que me encanta: el nombre. “Franca se llama así porque nos interesa la franqueza en los ingredientes. Esa es la filosofía de nuestro negocio. Hemos querido siempre trabajar con insumos nobles y creemos que este nombre refleja esa idea”.

Dos coffee cakes. Dos Francas. Dos postres que son uno y un principio que me llega por dos vías diferentes: cuando uno cocina un postre con cariño, suceden cosas mágicas.

Comer es una forma de viajar. De encontrar coincidencias, historias, orígenes comunes, de ayudarte a armar un mapa sobre ti mismo en el que puedes ver de dónde vienes y dónde estás parado, pero también descubrir que no estás solo aquí. El dulce alborota a los niños y también a las nostalgias. Sentarse ante un postre y prestar atención. Eso también es magia.


En su columna Islas Flotantes, Cynthia Rodríguez, periodista y emprendedora venezolana radicada en Montreal (@cynergiefaitmaison), comparte en Dulcear experiencias y reflexiones en torno a los sabores -sobre todo, los dulces- y cómo estos nos llevan de viaje desde el primer mordisco.


La receta del Gateau Franca
(de la “tante” Franca Erbivelli para café Brooklyn en Montreal)

Rinde 10 a 12 porciones

Para la mezcla de nueces:

2 tazas de nueces ligeramente tostadas y picadas

½ taza de azúcar morena

2 cucharaditas de canela

Para la torta:

2 tazas de mantequilla sin sal, a temperatura ambiente

2 tazas de azúcar

4 huevos

1 taza de crema agria

2 cucharaditas de bicarbonato de sodio

2 cucharaditas de vainilla

3 tazas de harina todo uso (preferiblemente, sin blanquear)

1 cucharada de polvo de hornear

Preparación:

Precalentar el horno a 350 °F. Engrasar un molde de rosca.

En un bol, combinar los tres ingredientes de la mezcla de nueces y reservar.

En otro bol grande, batir la mantequilla con el azúcar a velocidad media, hasta que estén bien integrados.

Añadir los huevos, uno a la vez, batiendo bien después de agregar cada uno. Incorporar la crema agria, el bicarbonato de sodio y la vainilla, siempre batiendo.

Añadir la harina y el polvo de hornear. Mezclar bien.

Vertir la mezcla en el molde hasta llenar un poco más de la mitad. Espolvorear la mitad de la mezcla de nueces. Terminar de añadir la mezcla de torta y coronar con el resto de las nueces.

Hornear en el centro del horno por 60 minutos o hasta que el centro de la torta esté cocido. Sacar del horno y dejar reposar 10 minutos antes de desmoldar. Dejar enfriar completamente.

 

Fuente: Tele-Québec. Di Stasio/ Épisode Mile End

Fotografía: Cynthia Rodríguez.

Cynthia Rodríguez
En su columna Islas Flotantes, Cynthia Rodríguez, periodista y emprendedora venezolana radicada en Montreal (@cynergiefaitmaison), comparte en Dulcear experiencias y reflexiones en torno a los sabores -sobre todo, los dulces- y cómo estos nos llevan de viaje desde el primer mordisco.

3 comentarios

  1. Excelente artículo, Cynthia. De verdad me transportaste de vuelta a Caracas. Gracias por compatir tus líneas y, además, la receta. Habrá que probarla.

    1. Siury querida! Mil gracias por tu comentario. Me alegra sentirme otra vez conectada con ustedes y con las cosas ricas de la vida (y en mi idioma, el único en el que sé escribir). Un abrazo grande y que te quede rica la torta. Si la haces, nos cuentas 🙂

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