Lena Yau

La vida dulce de…Juan Montemayor

Juan Montemayor Maestro Ajícero torta de queso con ají guayaba vasos de chocolate con ají postre Efrén Hernández Arias ©

Juan Montemayor parece un personaje de la Ilustración que viajó en la máquina del tiempo para aterrizar en la Caracas de nuestros días.

Es un apasionado del conocimiento, lleno de entusiasmo por todo lo que implique saber y lenguaje.

Estudió arquitectura: sus manos trazan sobre planos, proyectan, maquetan.

Traduce ideas en líneas que luego se levantarán como edificaciones.

Siglos atrás pudo haber ideado una hermosa catedral.

Hoy el lápiz que corre raudo sobre el papel es un avión que alza vuelo buscando sueños.

Los exploradores navegaban con botánicos a bordo. A cada puerto tocado el experto bajaba, tomaba muestras, las nombraba, las dibujaba y luego cargaba el barco con ejemplares e información que se procesaba a la vuelta.

En uno de esos viajes llegó el ají a otras tierras. La gente aprendió a enfrentar su picor y lo incorporó a sus comidas.

Juan miró a las plantas. ¿Qué me cuenta esta guindilla? ¿Qué cosas canta este ají? ¿Por qué no está presente en la fiesta diaria de nuestros manteles?

Y así como Goethe y Wittgenstein estudiaron el color, Montemayor estudió el picor.

Mirando la escala de Scoville se dio cuenta de que picor, calor, color y humor eran conceptos trenzados y traducibles en notas.

Marmita en frente se puso manos a la obra: calibrar cada aspecto del ají para hacer cantatas que suenen en la lengua.

Jugó con lo dulce y lo ácido de las frutas par dar lugar a las variaciones que se salen de la ortodoxia del picante y llegando a sabores sorpresa como la ciruela mezclada con retadoras solanáceas que regala fronda y madera al paladar o el encuentro de la zanahoria y su azúcar con la luz solar del ají amarillo

Como buen emprendedor comenzó con entusiasmo, disciplina y la humildad necesaria para aprender diariamente.

Poco a poco fue tanteando las apetencias de sus primeros catadores y ciñó con tino cada creación.

El buen hacer y el boca a boca hicieron el resto.

Juan Montemayor es un demiurgo de sabores atrevidos, chisporroteantes, comunicantes.

Conoce los secretos de los dioses: nombra, roba el fuego, lo encierra en tarros de cristal y ofrece a todo el que ama la chispa alegre y gustosa en la punta de la lengua.

 

En un suspiro

Un dulce que sabe a infancia:  Torta de Guanábana.  Me costó casi cuarenta años superar el trauma de comerla en las fiestas de cumpleaños de los 70 mientras yo esperaba una torta de chocolate como cualquier crío.

Un dulce que te hace viajar: El del Amodión Jarabe expectorante.

Un dulce picante y salado: Un ají Jobito.

Un dulce oloroso: Un mango pintón.

Un dulce líquido:  Arakú licor de Ron y Café.

Una palabra dulce: Melcocha.

Un dulce escondido:  El néctar de las flores de campanita. Ese mismo que liban los tucusitos.

Una dulce extravagancia: Las Catalinas.  Mientras más negras más dulces.

Un dulce por descubrir: uno de esos sugerentes que se gozan en los cuentos de las mil y una noches.

Un dulce por inventar: Uno tan fantástico que su gozo sea interminable.

Un dulce perfecto: Uno sutil, aéreo, que no empalague ni embote los sentidos.

Un dulce secreto: se va conmigo a mi partida.

Un dulce para compartir: Besitos de coco negra canela y anís.

Un dulce para comer a escondidas: Una lata de Carlton. De las primigenias, esas que costaban un mundo abrir y cortaban los dedos como una guillotina. Si estaba recién sacada de la nevera el gozo es garantizado.

Un antojo dulce: Chupar caña de azúcar

Un dulce sorpresa: Está por venir. Se los aseguro.

Un dulce que suena: Negro en camisa con Nina Simone de fondo.

Un dulce sin cocina: Cambur pintón.

Venezuela es dulce porque: Así la siento. Es esa sensación que redondea a todos los paladares por igual. Como un buen dulce, no se le puede negar y siempre se agradece. Anhelo un dulce porvenir para todos los venezolanos.

Si te digo Vida dulce:  Yo te replico: Azuquita mami, azuquita pa’ ti. Tú sabes que este negro se muere de corazón por ti.

 

Torta de queso con gelée de guayaba y ají dulce del Maestro Ajicero

 

 

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