La cosa me agarró más que desprevenida. No acostumbro hacer nada por el día de San Valentín, excepto tratar de recordar no ir a un restaurant ni loca, porque detesto las multitudes. De unos años a esta parte sí le encontré un lado estupendo no tanto a esa fecha, sino al día siguiente, el 15 de febrero. Lo llamo el “Día nacional de ir a comprar chocolates”, porque casi todos están a 75% de descuento. He llegado a comprar bolsas y tenerlas en la nevera durante todo el año, comiéndomelas poco a poco, orgullosa de mi acaparamiento de ardilla oportunista.

Así que ese año, la cosa me agarró completamente fuera de base. Mi hija llegó a casa con una bolsita con garabatos rojos. Adentro había brownies. Ricos, húmedos, chocolatosos brownies. Una etiquetita delataba al autor de la amistosa fechoría: Luca, el hijo de mi amiga Gabriella, quien iba a la misma guardería que mi hija entonces y sigue siendo su mejor amigo, su compañero de juegos, su compinche venezolano  y mi sobrino adoptivo en esta ciudad.

Traía también una tarjeta llena de corazones que le hicieron sus compañeros de salón y una bolsa de chucherías, cortesía de la directora de la guardería.

Entonces entendí que aquí San Valentín no es la fiesta “de los enamorados”, sino de la gente que se quiere. Que tu mejor amigo y su mamá cocinan brownies, galletas, lo que sea, para regalar a tus compañeros, que esa es también una fiesta para los niños.

Como me ha pasado con varias celebraciones populares como Halloween, Navidad o la ahora tan esperada Pascua (que más que una fiesta religiosa aquí se asocia con la llegada de la primavera), tuve que abrir en mi cabeza un compartimiento para San Valentín, porque ese día hay que ofrecer algo a los amigos. Como me pasa también con todas esas ocasiones, ese regalo es siempre algo rico, hecho en casa, que se lleva a la escuela y se reparte entre los amigos y que luego la maestra agradece entusiasmada. Y claro que desde el año siguiente, empecé yo también a hacer mis aportes al salón.

San Valentín (“lasanvalantán”, como la pronuncia mi hija) es la fiesta del chocolate. Para ella es un día de rojo, rosado, corazones y, sobre todo, chocolates. Desde que empezó febrero me hizo saber que quiere compartir algo rico con sus amigos. Se acordó de los confetti en forma de corazoncitos que le compré el año pasado para esta fecha, y ya sugirió que hagamos algo con ellos. “Algo de chocolate”, aclaró.

Dicen que el chocolate contiene triptófano un químico que origina una descarga de serotonina similar a la que se libera cuando estamos enamorados. ¿Será por eso que se consumen tantos chocolates durante esa fecha? Habrá que preguntarle a los ejecutivos de mercadeo.

Se calcula que aquí en Canadá, una persona consume un promedio de unos 5,5 kilos al año. Cada vez más personas están pendientes de consumir chocolate “ético” (lo que quiere decir que se rastrea el origen del cacao con el que fue producido, para asegurarse de que no haya sido cultivado o recolectado bajo ninguna forma de esclavitud). Sí, el chocolate también es un asunto político en estos días, conviene saberlo.

Más allá de los estudios científicos, cualquier mujer sabe que el chocolate es un alivio para el síndrome pre-menstrual y en los lugares donde hace mucho frío (como este), una taza de chocolate caliente es la mejor compañera para refugiarse de las nevadas. No en vano proliferan los locales especializados en tan noble bebida, en cadenas o independientes, por toda la ciudad. Ese ha sido otro de los descubrimientos felices de vivir en Montreal: esta es una ciudad chocolatera.

Un placer especial asociado al chocolate es encontrarme con cada vez más barras que exhiben orgullosas el nombre de mi país. “Cacao venezolano” es una credencial que muestran como un premio los envoltorios, provenientes de diversos países del mundo. Y aunque los voy probando uno a uno y se me alborota el gentilicio cuando me los encuentro por ahí, no he saboreado todavía uno que iguale a mi favorito: el Gran Samán de Chocolate El Rey.

Cierro esta nota con una anécdota que me encanta contar: de niña, el apartamento donde vivía mi abuela quedaba cerca de la fábrica de El Rey. Cuando iba para su casa y pasábamos por ahí, me gustaba abrir la ventana del carro e inhalar profundamente. Imaginaba que me llenaba los pulmones con aquel olor, y que lo iba a tener ahí, metido en mi nariz, disponible para siempre.

De algún modo eso sigue siendo así. Porque aquí, muy lejos de la casa de mi abuela y en un país donde hasta el aire huele distinto, mientras escribo esta nota puedo recordar ese perfume particular. Cierro los ojos y estoy ahí, abriendo la ventana del Maverick de mi abuelo y llenándome los pulmones de aquel aroma. Y lo recuerdo con toda nitidez.

No tengo chocolate El Rey aquí, lástima. Afortunadamente, sí tengo los brownies de Gabriella. Y a Luca, que nos los regala en una bolsa garabateada y acompañados de su irresistible sonrisa. Tan rica como el chocolate.

Feliz “sanvalantán” para todos ustedes.

Una bolsita con brownies para San Valentín
Una bolsita con brownies para San Valentín

Receta de los brownies de Gabriella

Ingredientes

  • 1 taza de harina todo uso.
  • 1 taza de cacao en polvo (puro, sin azúcar).
  • 1 cucharadita de sal.
  • 1 y ½ tazas de mantequilla sin sal.
  • 2 tazas de azúcar granulada.
  • ¾ taza de azúcar morena.
  • 5 huevos grandes, ligeramente batidos.
  • 2 cucharaditas de extracto de vainilla.

Preparación

  • Precalentar el horno a 350 grados F.
  • Engrasar un molde de 22 x 33 cm y colocar una lámina de papel para hornear en el fondo.
  • En un bol, mezclar la harina, el cacao y la sal. Reservar.
  • Mezclar con una batidora, la mantequilla y azúcares.
  • Añadir los huevos en tres tandas.
  • Limpiar bien los bordes del bol tras cada adición y batir hasta obtener una mezcla uniforme y suave. Añadir la vainilla.
  • Agregar, poco a poco, la mezcla de ingredientes secos,  batiendo a velocidad baja.
  • De nuevo, limpiar los bordes del bol para obtener una mezcla uniforme.
  • Verter la mezcla en el molde, aplanándola con una espátula, para que quede uniformemente distribuida.
  • Hornear por 40, 45 min. Dejar enfriar y cortar del tamaño deseado.

Si te animas a hacer brownies, cupcakes, galletas o cualquier otra delicia para tus amigos o los amigos de tus hijos, en este San Valentín, puedes encontrar en nuestra Tienda unas hermosas cajitas como éstas.

Cynthia Rodríguez
En su columna Islas Flotantes, Cynthia Rodríguez, periodista y emprendedora venezolana radicada en Montreal (@cynergiefaitmaison), comparte en Dulcear experiencias y reflexiones en torno a los sabores -sobre todo, los dulces- y cómo estos nos llevan de viaje desde el primer mordisco.

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