La cantina de mi colegio era un lugar prohibido para mi. Todo lo que ahí vendían era calificado por mi mamá como “fritangas”, ergo, estaban vetadas en mi dieta infantil. Con tal de evitar esos desayunos llenos de grasa, mi mamá se levantaba más temprano  y nos preparaba sánduches de pan integral y arepas que acompañaba infaltablemente con bebidas de lujo: naranjas recién exprimidas o cualquier otra fruta que licuaba con poca azúcar.

A mi me gustaban sus desayunos y los devoraba en el primer recreo de las 9 a.m., cuando ya estaba a punto de desfallecer de hambre, pero cuando veía a mis compañeras morder un pastelito de queso comprado en la cantina, confieso, me provocaba mandar al cipote las advertencias de mi madre. Pero lo que más anhelaba comer no eran los pastelitos, los tequeñones o las empanadas. Lo que realmente me seducían eran las rosquitas que preparaba la señora Oliva, una española delgada y jorobada como la novia de Popeye que siempre llevaba un vestido gastado y un delantal blanco que amarraba en su diminuta cintura. Era obvio que ella no comía todo lo que preparaba.

Volvamos a las rosquitas: no eran tan blandas como una dona ni tan duras como otras rosquitas que he probado en busca del sabor que recuerdo. Eran doradas y estaban cubiertas de azúcar. ¿Por qué negarlo? Todavía salivo cuando las evoco. El objeto del deseo parecía lejano y más idealizado cada día porque no había manera de violar la norma: teniendo el desayuno que me preparaba mi mamá, no hacía falta que me dieran dinero.

Sin embargo, llegó el día en que no pudo prepararnos la lonchera y nos dio plata para que compráramos algo en la cantina. Su advertencia fue clara: “No compres nada frito”. Enseguida pensé que era mi oportunidad de comprar rosquitas y acompañarla con una deliciosa y también prohibida frescolita.

En la tarde mi mamá me preguntó qué había desayunado y dije muy campante: una rosquita. Ella, dulce como aquel manjar que yo había devorado en la mañana, me dijo: “¿Por qué una rosquita? ¿No te dije que no comieras fritangas?”. Yo argumenté que las rosquitas no eran fritas, sino dulces y deliciosas, pero ella me dijo que no solo eran fritas sino que el aceite donde las hacían era dañino porque nunca lo cambiaban.

Yo me quedé pensando en eso… en esa masa dulce que nadaba en aceite. Pero sobre todo pensaba en cuándo me volvería a comer otra rosquita de la señora Oliva. Lo de “dañino” no era suficientemente contundente frente a ese sabor inigualable.

Era tan fanática de las rosquitas que era capaz de ahorrar los 2,50 bolívares para ir a invertirlos en una rosquita con frescolita. Todavía hoy creo que son el maridaje perfecto.

Un día la señora Oliva y su esposo, Manolo, el señor que hacía el transporte, no fueron más a la cantina. La nueva cantina empezó a ser regentada por otra gente que hacía las frituras de siempre. Pero las rosquitas desaparecieron con su dueña y desde ese momento la cantina dejó de ser un lugar codiciado por mi paladar.

Sobra decir que nunca he vuelto a probar rosquitas como esas. ¡Y vaya que he probado rosquitas! Me tengo que conformar con la frescolita, un sabor que inevitablemente me lleva a las rosquitas prodigiosas de esa señora flaca como la novia de Popeye que pudo, sin querer, hacerme tan feliz.  


Tal vez las rosquitas se parezcan a las que prepara Mónica Montañés, con la receta de su mamá y que le recuerdan a su abuela…

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