Si hay alguien dulce en la vida es Miro Popic.

Escribir sobre él sin hablar de la persona es para mí tarea imposible.

No puedo desdibujar al amigo, al niño que vive en sus ojos llenos de bondad, al hombre que lleno de generosidad siempre está dispuesto a compartir su mesa.

Miro es calidez y hondura, conversación y sonrisa, mirada franca, curiosidad infinita.

Conoce de sabores por dentro y por fuera porque escribe pero también hace.

Su paso trabajando en cocinas parisinas, su experiencia de vida saltando entre países, su alma sensible y su pasión por las letras devienen en un concentrado poso de saber que pinta páginas y platos.

Sus artículos son sustanciosos, su guía de Caracas es un emblema, sus libros son un sendero que invita a ser transitado con la creatividad dispuesta múltiples lecturas.

Cada página es luz que atraviesa un cristal y que descompone nuestro mantel en haces y colores de historia, literatura, antropología, biología, química, geografía, lingüística; un sinfín de saberes y disciplinas que proyectan como un todo lo que nos define gastronómicamente.

Así leo que cita a un cronista que describía a nuestras caraotas como una planta que reptaba troncos y paredes y ése párrafo me lleva a los frascos de compota en los que germinábamos granos que transparentaban incipientes raíces níveas, tallos dulces de tierna levedad y hojas como alas esmeralda. De allí a los metálicos tañidos de las que caían en el cuenco de las desechadas,  al aroma que anunciaba el pabellón del almuerzo, al azúcar que les rociaba para ajustarlas a mi gusto.

Las líneas que Miro traza cuentan  lo que fuimos,  lo que somos y lo que seremos como país y nos comprometen a cuidar y a difundir nuestra esencia, las huellas que seguimos hasta el ahora y los pasos que calculamos para el mañana.

Miro es árbol que protege y torre que otea sin descanso el crepitar de nuestros fuegos.

Es también El Señor de los aliños, libro que cierra una trilogía que compendia su larga carrera como hacedor / escribidor / protector de nuestros calderos, que llega muy pronto para dicha de todos y del tengo la fortuna de formar parte glosando y golosando a este autor y afecto sentido, a su mirada, a su pensamiento.

http://www.miropopic.com
Twitter: @miropopiceditor
Instagram: @miropopiceditor

En un suspiro

Un dulce que sabe a infancia: El dulce de leche. Lo preparaba mi madre en el patio de la casa, en una paila de cobre que revolvía por horas, siempre con el mismo giro, sin permitir que nadie tocara la cuchara. Una vez que terminaba, yo podía pasar el dedo por la cuchara, sin esperar a que se enfriara.

Un dulce que te hace viajar: El turrón de merey de oriente, en la vía hacia Ciudad Bolívar.

Una curiosidad dulce: Los Limones en almíbar de Jacqueline Goldberg.

Un dulce picante y salado: La mermelada de ají que se está preparando en Venezuela. La torta de queso criollo, hecha con queso de año.

Un dulce oloroso: Una panela de papelón recién templada.

Un dulce líquido: El Rhum Orange de Santa Teresa

Una palabra dulce: Sin duda doucement, dicho así, en francés, al oído de la mujer que amas.

Un dulce escondido: El chocolate que llevo en alguna parte conmigo, siempre, donde quiera que vaya.

Una dulce extravagancia: Ponerle unas gotas de vino tinto al merengue recién batido.

Un dulce por descubrir: Mi ensalada de plátano maduro.

Un dulce por inventar: El que no he probado todavía.

Un dulce perfecto: Yolanda.

Un dulce secreto: El de los años antes de soplar las velas.

Un dulce para compartir: Todos.

Un dulce para comer a escondidas: El que quedó en la nevera para el día siguiente.

Un antojo dulce: El cheesecake que hace mi prima Jelena en Croacia.

Un dulce sorpresa: La que traen mis hijos cuando vienen a comer a casa.

Un dulce que suena: Azúúúúúcar, por Celia Cruz.

Un dulce sin cocina: Un mango maduro.

Venezuela es dulce porque: Porque fue levantada con papelón.

Si te digo Vida dulce:  Te respondo Dulce Patria.

 

Y aquí nos deja una receta, en honor a su madre. 

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