Lena Yau

La vida dulce de… María Fernanda Di Giacobbe

Lena Yau conversa con María Fernanda Di Giacobbe, abanderada del chocolate venezolano y de muchos otros sabores y buenas causas

Pienso en María Fernanda y la primera imagen que viene a mi cabeza es la de un biombo.

Ella detrás del biombo, ella delante del biombo, ella un biombo en sí misma.

María Fernanda se repliega para preguntarse: ¿soy escritora? ¿soy lectora? ¿soy cocinera? y cada una de las respuestas es un panel que se engarza a otro y a otro para extenderse y, desde allí, hacer y contar.

Escribir su trayectoria es complicado: es una mujer que trasciende los oficios.

Escribir algo que no se haya dicho antes también es difícil: se apellida Di Giacobbe pero también literatura, filosofía, arte, elegancia, acervo, cohesión, tesauro, elevación, transparencia, lingo, fanal, eslabón, soplo, veta.

Cuidadosa con los recursos, cuidadosa con el nombrar, mete todo en un saco que agita y transforma en una plataforma desde la que salta.

Se sabe voz de algo enorme que apenas comienza.

Porque en su caso, lo que se lleva a la boca es un pretexto para el cultivo.

María Fernanda nombra a Breton en una entrevista, habla de surrealismo en un restaurante que antes fue abasto y antes fue hacienda y por el que faenaron las manos femeninas a las que asocia su cocina.

Familia, mujeres, sabores, marmita que se destapa y no necesita de aparatos sofisticados para saber que va por buen camino, que está a punto, la nariz de la hija, de la madre, de la que alimenta sabe siempre de temperaturas, de cocciones, de tiempos, de tonos.

Y es que no siempre fue cacao.

Tuvo lugares de sándwiches, de platos que querían ser torre de Babel, de centros en el centro mismo de una novela y del alma jungiana.

María Fernanda detrás del biombo es creación, fuerza motora y engranaje.

Proyecta, distribuye el trabajo, observa, salta la pared, quiere más.

Así huele la tierra en la que enraízan los cacaotales, distingue los minerales, atiende los sonidos del entorno, convoca, provoca,
apisona caminos, encauza andar.

Nos llenó a todos de sabores y palabras que son el ADN de Venezuela y cuando tuvimos las vías llenas, cuando la circulación se hizo veloz, cuando nos sentimos pletóricos de nosotros mismos, ella, la escritora, lectora y cocinera, abrió las ventanas y nos
invitó a silbar.

Fue así como nos hicimos melodía zumbona y sabrosa fuer a de nuestras fronteras: Chuao, Carenero, Paria, parchita, sarrapia, cocuy, ron, naranja cajera, guanábana.

Un pellizco de chocolate encofra una mezcla de sensaciones: morder, cerrar los ojos, volver a aquellos lugares que se escondían en la memoria, a esos instantes secretos que sólo se revelan mientras dormimos.

Eso en el paladeo íntimo.

Pero es instante privado se proyecta en una responsabilidad y en un grito: somos más que tipismo, somos cultura, mírennos, hay empalizadas que entorpecen la salida de nuestro cacao, el trabajo de quienes lo cultivan, no podemos permitir que estas maracas que son voz, saber y sabor, se ahoguen en un río.

Por eso ella habla del bombón filosofal.

Hacer del plato un espejo en el que nos reconozcamos.

Hacer del plato un espejo en el que nos quieran conocer.

Biombo recogido para buscar en su interior cómo hacer más, biombo desplegado cuando crea y atiende todos los frentes, mujer detrás del biombo cuando guarda con cuidado que sean los resultados los que trascienden y no la persona, personaje delante
del biombo cuando es imagen de un movimiento que está cambiando a una sociedad, sombra chinesca cuando hila lo que vendrá.

 

En un suspiro

Un dulce que sabe a infancia: Granjerías (dulcitos) de naranja amarga.

Un dulce que te hace viajar: Dulce de leche de cabra, elaborado en Coro, Falcón.

Una curiosidad dulce: El néctar dentro de las flores Lágrimas de Cristo.

Un dulce picante y salado: Tableta Katara de Kakao.

Un dulce oloroso: La miel.

Un dulce líquido: Almíbar de duraznos.

Una palabra dulce: Rocío, garúa, llovizna.

Un dulce escondido: El aroma en el cuello y la nuca de la persona que amas.

Una dulce extravagancia: Nadar en chocolate tibio.

Un dulce por descubrir: Sanguinaccio, dulce italiano elaborado con chocolate y sangre.

Un dulce por inventar: Camarones crujientes y garrapiñados.

Un dulce perfecto: Suspiro de guanábana.

Un dulce secreto: Un beso robado.

Un dulce para compartir: Torta de chocolate “vendredi, samedi, dimanche” de Patrice Chapon.

Un dulce para comer a escondidas: Jalea de mango.

Un antojo dulce: Jalea de mango fuera de temporada.

Un dulce sorpresa: Una sonrisa en mitad de la calle.

Un dulce que suena: Los bombones venezolanos, suenan de boca en boca.

Un dulce sin cocina: Las piñas de Trujillo y Amazonas.

Venezuela es dulce porque: En sus tierras nacen cientos de frutas deliciosas.

Si te digo Vida dulce: En libertad.

Dame una receta dulce: Semillas de cacao frescas cocidas con su mucílago en paila de cobre con azúcar.

 

Fotografía: Mauricio Villahermosa @mauriciovillahermosa

Deja un comentario