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Columnistas

Imagen: Historias de Sobremesa

Mis vacaciones huelen a papelón

Por Nabila Fernandez

“Al pueblo que fueres, haz lo que vieres”

Creo que se trata de un versículo de la Biblia -o al menos eso me han hecho creer durante 28 años- y recuerdo que mi mamá nos lo repetía a mi hermano y a mi sistemáticamente. Ahora que lo busco en Google, me doy cuenta que no es más que la adaptación de un proverbio hecho por mi progenitora. Ella con su aire tan inmigrante tenía que ponerlo en práctica sí o sí.

Doy vueltas alrededor de ese “proverbio” inventado. Ahora que a mi también me tocó emigrar, a veces sólo encuentro refugio en mi memoria.

Vivir en otro país y adaptarse a todo lo que implica nunca ha sido fácil y si a eso le sumamos dos hijos producto de importación, la tarea se nos complica porque hay que enseñarles de alguna manera un mínimo de cultura local -por lo menos para que no se sientan excluidos en el colegio-. Desde los nombres de las frutas hasta la forma en la que se da una dirección, a todo eso se tuvo que adaptar como si de una segunda lengua se tratara. Mi hermano y yo también tratamos de adaptarnos de la mejor manera que dos hijos de dos inmigrantes de países unidos únicamente por el idioma pueden hacerlo: hablándole a cada uno en su “idioma” y entre nosotros en el nuestro.

Decirle papelón a su amada panela era lo más cercano a un sacrilegio para mi mamá. Pero con el tiempo tuvo que acostumbrarse, era una cuestión de respeto hacia el equivalente criollo del cinnamon roll.

Creo que de ahí viene mi amor por el golfeado. Debe ser algo hereditario. No recuerdo cuándo me comí uno por primera vez pero sí lo agónico que resultaba la espera del siguiente. Las vacaciones eran el único momento en que “la casa” nos permitía disfrutar de todos los “placeres culposos”. Así que había que aprovechar y agotar la cuota porque el resto del año en el país de las misses… “genio y figura hasta la sepultura”.

En esos días en los que no hallábamos qué hacer y estábamos como la manzana, “de la mesa al comedor”, nos adentrábamos en las fauces de ese monstruo desconocido al que sólo los adultos tenían acceso: la cocina. Ya sabíamos que el tiempo sólo nos permitiría hacer una receta. Entonces llegaba el momento de sacar todos los argumentos posibles para convencer a mi mamá y a mi hermano de que teníamos que comer golfeados. Mi hermano siempre cedía. Yo creía que era por lo imbatible de mis argumentos, pero con el tiempo me he dado cuenta de que me dejaba. Creo que se me notaban demasiado las ansias de comer ese manjar.

Lo primero que hacíamos era preparar la masa, pero antes tocaba derretir el papelón -de sólo pensarlo me babeo-. En ese momento se disparaban las alarmas de mi cuerpo.

Entraba en modo ansiedad. Recuerdo sentir el olor a melao. Eso confirmaba que ya faltaba menos para degustar mi tesoro gastronómico. Ese placer que sólo podía confiarme a mi misma.

Mientras terminábamos la preparación yo pensaba en millones de formas para no devorarlo en dos segundos, pero cuando me daba cuenta ya era demasiado tarde. Toda la espera se esfumaba y ya estaba raspando el plato. Qué manía tan fea -me decía-. Para mi dicha, la operación se repetía varias veces durante las vacaciones y no saben cuánto agradecía que la palabra papelón hubiese pasado a formar parte de su argot.

Hace cuatro años que mis vacaciones saben a patilla y a melón, y cuánto extraño esas tardes de papelón.

 

Nabila Fernandez

Nabila Fernandez

Periodista venezolana y caminadora profesional. Si algo tengo claro en la vida es que quiero darle la vuelta al mundo y demostrarte que para recorrerlo no es necesario vender un riñón. Actualmente tengo un vlog de viajes que puedes encontrar en You Tube como Punto de partida.

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