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Columnistas

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Letras a la taza (y II)

Por Lena Yau

 Tinta de chocolate

Los alimentos, la ingestión, el universo gastronómico, tienen dos vertientes, dos prácticas, dos formas de leerse: una es la esfera pública y otra es la esfera privada.

Los fragmentos anteriores hablan de lo público.

Y es que el cacao, sin procesarse, sin ser chocolate, está más cerca de lo descriptivo y de lo colectivo, que de lo poético y de lo individual. El chocolate es letra íntima, tiempo personal, experiencia lírica.

Vicente Gerbasi poetiza el hogar.

En Mi padre el  inmigrante acude al cacao para hablar del hogar tangible, de la casa de la niñez:

“Mi casa pintada de cal, allá en mi aldea,

escondida entre el café y el cacao.”
Y en Nacimiento de la Melancolía mira al chocolate para hablar del hogar como arcano:

“Todo se iniciaba en secreto:
el sabor del chocolate,
Tío Conejo entre árboles lunares”

Hablemos de infancia. Isabella Saturno y Freddy Gonçalves se visten de Pez Linterna para contarnos leyendas  que giran alrededor de Chamario: ponen a los colígrafos y a Eduardo Polo a brindar con guarapita de cacao a la salud de Eugenio Montejo en las tabernas de Puerto Malo, Rafael Arráiz Lucca con ¿De dónde viene el chocolate? acerca a los niños al misterio de la alquimia, Jesús Rosas Marcano lo aborda con infinidad de poemas convertidos en canciones: páginas dedicadas a los niños que quieren entender la magia del chocolate, que quieren aplaudir esa pausa pastosa y feliz que empegosta dedos, lengua, comisuras, dientes.
Los escritores regresan al paraíso perdido escribiendo sobre el chocolate.
Me gusta José Balza en Orinoco Profundo cuando describe cómo ayudaba a su tía a hacer caramelos con chocolates:
“Algo apurada, mi tía solicitó ayuda. El líquido había logrado su punto, y las restantes ollas comenzaban a burbujear. Pidió que fuera colocando los adornos mientras ella derramaba el verde dentro de los moldes .
Me senté cómoda y rápidamente e inicié sobre la mesa la excitante tarea. No sólo imaginar el sabor a vainilla o menta; no sólo distribuir las pasas o algún detalle de leche o chocolate me llenaba, (¿el cuerpo el estómago?) de gusto, sino también ir descubriendo los nuevos matices de los confites.
y el reflejo de la llama, al revolverse con la luz del día, sobre la mesa, convertía aquello en una fiesta.

 

Y claro que es fiesta. Fiesta en la fiesta y fiesta en el duelo.

Si no, basta leer las vicisitudes de María Eugenia y María Josefina, personajes de El exilio del tiempo de Ana Teresa Torres. La primera hacía responsable de su gordura a la segunda. María Josefina dejó a María Eugenia en Laussane para irse a París. María Eugenia se sentía tan sola y abandonada que lo único que la acompañaba en su aburrimiento era el chocolate:

y que ella así sola no se quedaba más porque se estaba aburriendo mucho y estaba engordando demasiado comiendo puro chocolate Toblerone

O la tristeza llorona de María Josefina frente a un helado de chocolate. Sus padres la separaban de su amor y para ello la enviaban a Europa en contra de sus deseos. María Josefina no encontró mejor paño de lágrimas que un delicioso helado de hot fugde:

y entre lágrimas seguía comiendo el helado y me decía que su papá estaba furioso y su mamá trágica porque le habían dicho que se iba a fugar con un mulato y lloraba y se secaba el chocolate con una servilleta de papel.


Así el chocolate es compañero de cuitas. Secamos nuestras lágrimas y nos reconfortamos al abrigo del cacao convertido en barra, en bombones, en helado, en tartas. ¿Para qué ahogar las penas en alcohol cuando puedes hacerlo con una joya gastronómica envuelta en papel de plata? ¿Quién quiere un bar cuando hay confiterías y pastelerías?
El chocolate es deseo, amor silencioso, amor incipiente, amor aspirante, propuesta que se queda en la punta de la lengua para adoptar el disfraz de una tableta compartida como en este fragmento de una Canción Alemana entonada por Juan Carlos Méndez Guédez:

“El chocolate compartido al salir de la película. Tu silencio como una excusa del diálogo”.

¿Cómo olvidar la merengada de chocolate que pide Julia mientras un pollito pía, suda y aletea dentro del bolsillo de Juan en Un regalo para Julia de Francisco Massiani?

¿O el chocolate que subía los grados del amor y los suspiros que Blanca Nieves le regalaba a Vicente Cochocho en Memorias de Mamá Blanca de Teresa de la Parra?

El tiempo de ultratumba, el reloj de lo obscuro, viene con los versos de José Barroeta. En El huésped, el poeta recibe al fantasma de Aquiles. Aquiles quiere ir a otros lugares, pero los ojos tristes, la cortesía, una partida de ajedrez y un espumoso chocolate, hacen que desista de otros viajes.

El chocolate fue amado y denostado a partes iguales. Es comprensible el temor a su poder si, como dice Pepe Barroeta, una taza de chocolate fue capaz de frenar al de los pies ligeros.

Madame de Sevigné, cultora de la literatura epistolar, veía en el chocolate grandes peligros. Sus cartas son el reflejo de su época. Gracias a ellas sabemos del suicidio de Vatel de primera mano. Y también gracias a sus letras conocemos la mala fama del chocolate. Una mujer culta como Sevigné y conocedora del universo gastronómico es capaz de escribir, sin que le tiemble el pulso, en una carta a su hija fechada en octubre de 1671 que el chocolate quema la sangre. Para reforzar su idea cuenta que la marquesa de Cöetlogon después de beber chocolate durante la gestación dio a luz a un hijo negro como el demonio que murió a las horas de nacer. No bebas chocolate, mijita, que te salen hijos negritos, imagino, riéndome, a Madame Sevigné aconsejando a su hija.

Balzac también habló de la perversidad del manjar. Conjeturaba el escritor si no sería el chocolate el culpable de la decadencia del imperio donde nunca se ponía el sol:

¿Quién sabe si el abuso del chocolate no tuvo algo que ver con el envilecimiento de la nación española, que, en el momento del descubrimiento del chocolate, estaba a punto de volver a empezar un imperio romano?

 

Lástima que Sevigné y Balzac no leyeran a Blanca Elena Pantin quien en un precioso poema titulado Chocolatier canta la tristeza que siente el chocolate al ser arrancado de su cuna:

Reducido a semilla, a polvo, a ridícula caja con lazo,

a vitrina, a declaración de amor,

a nada,

a esta señora que me traga.

Lo cierto es que hablamos de una ambrosía que doblega al temperamento más acre, convirtiendo negativas en entregas sin condiciones, abriendo las compuertas de la sobriedad y dando paso franco a la lujuria y al goce. Es por eso que es una figura que suele vincularse al erotismo en la literatura. A lo afrodisiaco. Pedro Lhaya, poeta barloventeño y cultivador de cacao fue uno de los escritores que más trabajó el fruto desde lo sensual amoroso. Sus versos hablan de senos de cacao y de miel, pechos de cacao y de sándalo.

El cacao también seduce al poder.
Acerca al pecado de la gula a los hombres que observan la continencia. Los sacerdotes son un ejemplo. Alejandro Rossi acude al chocolate para dibujar la conducta de los religiosos. En Edén leemos que un personaje habla de los curas españoles como los representantes de un catolicismo espeso, como el chocolate que tanto les gusta.


Rafael Cadenas
escribe en un poema cómo el chocolate debilita la mano firme de los tiranos cuando un generalísimo revisa expedientes de condenas a muerte mientras moja churros en una taza de chocolate. El poeta asegura que el placer que le hace sentir el sabor del chocolate es mayor al placer que le hace sentir que su firma mate.

Sin dudas el temor tiene que ver con el territorio ganado. Si bien el cacao para los venezolanos significa la tierra y el hogar tal y como lo cantó Andrés Bello en Silva a la agricultura de la zona tórrida, para el foráneo significa la recuperación del vencido. El cacao y el chocolate son la conquista de regreso, el revés de la colonización, el tiempo sonriendo con ironía ante el gesto de placer de quien lo prueba. Es el encantamiento hecho sabor, el hechizo conjurado en los bosques del trópico.

Las semillas de cacao fueron moneda comercial: un conejo valía tres semillas, un esclavo valía cien. En la vida era de ese modo y en la literatura el chocolate pinta los billetes metafóricamente comestibles de Uslar Pietri en el cuento Un mundo de humo:

billetes de banco con muchos colores frescos y apetitosos: morados de berenjena, o verde de lechuga, o anaranjado de naranja, o marrón seco de chocolate

 

O se acuña en monedas que guardadas bajo la almohada de infancia comparten protagonismo con Picasso, Chaplin y el amolador en el Credo de Aquiles Nazoa.

 

Esas monedas las comimos de pequeños, acaso sin saber que Nazoa les rezaba y también nos comimos fascinantes cucarachas de chocolate sin leer a Circe de Julio Cortázar.

 

Pero estaban allí, lengua y letras, en las historias escritas, en las letras que exhiben las tabletas (dame un cuadrito de chocolate a veces era dame la A), en los empaques con sus nombres cadenciosos, telúricos, de resonancias inglesas, francesas, con nombres de músicos, de ciudades lejanas, de árboles de bosque lluvioso.
Esta noche hablamos en Madrid de cacao y chocolate y mientras cuento todas estas cosas pienso en la niña que iba a la playa por una carretera precaria y llena de curvas imposibles.

 

Bajar a Cata pasaba por un viaje que atravesaba una montaña boscosa llena de árboles de cacao.

 

Yo miraba los troncos para contar las mazorcas y luego miraba a las copas para buscar el cielo.

 

Una vez paramos para comprar la pasta de cacao que vendían a orillas de la carretera.

 

De regreso a casa el intento de hacerme millonaria en barritas de chocolates fue un desastre: la pasta de cacao se derritió y se convirtió en una especie de fango.

¿Qué niño no ha soñado con hacer chocolate? ¿Quién no quiso aquel horno de juguete para hacer bombones?
A veces pienso que los autores escriben chocolate para satisfacer aquel deseo de la niñez: hacer chocolate. Crear chocolates con las letras.
Mientras preparaba esta charla y recordaba mis aventuras y desventuras de niña chocolatera pensé en Blas Coll, el personaje de Eugenio Montejo. Blas Coll escribía en cuadernos pero también en hojas de banano y de almendrones.

Ya Tulio Febres Cordero buscó el camino del chocolate y el chorote en nuestros Andes, desdijo a Humboldt, hizo de las hojas de los árboles sostén para sus letras y recogió una receta de carne con chocolate en un libro que publicó en 1899.

Más de un siglo después las hojas bailan en el aire, siguen hablando, susurran, tejen caminos invisibles que llevan a las ollas. Carlos García sigue esos caminos de decires, de fragancias, de reinvención en la marmita. Busca el chocolate como lo buscó Don Tulio y lo pone a borbotear en el fuego para que luego dance en nuestras bocas.ate como lo buschocolate. Los poate como lo buscde reinvencie llevan a las ollas. Carlos Garcedas.da un rara quchocolate. Los po

Trazos de cacao sobre papel vegetal para pintar poemas y relatos con gusto a chocolate.
Trazos de cacao sobre el mantel y sobre los platos para firmar historias de chocolate conversado y paladeado en la mesa.

Cuando comemos un chocolate hay un poema mudo en nuestra boca.
Y cuando eso ocurre nuestros árboles se llenan de letras: una tinta invisible escribe sobre sus hojas el relato del chocolate que se funde en nuestra lengua.

Cada chocolate trae consigo una historia: un amor que inicia, otro que acaba, una dieta postergada para el lunes que viene, el recuerdo de una amiga que nos piensa en otro continente, los bombones que la abuela nos daba los domingos, la cama lista para dormir en un hotel exquisito, los dedos que lamimos amorosamente, para limpiarlos, para saborearlos, aquella falda blanca perdida para siempre estampada con huellas dactilares de chocolate pero ¿qué importaba perder una prenda cuando el camino del romance estaba descrito en ella?
Vibra mi pantalla con letras titilantes. Un mensaje enviado desde Caracas me dice que los poetas no hablan de chocolate. Los poetas hablan chocolate. Lee la dulzura de Montejo, siente la untuosidad de Julio Miranda.
Tiene razón el remitente: eso que se nos queda en la boca después de leer a algunos poetas, esa voluptuosidad que se hace esfera que explota sin deshacerse, que nos embarra, que nos llena de lujuria palabrera, es chocolate.
Él sabe, habla también allá, a seis kilómetros de mi horizonte, de cacao. Deja en líneas palabras y reflexiones para descifrarlo, comprenderlo, hablarlo. Como yo aquí. Y luego esas líneas se vuelven confluencias que viajan pero que están en un mismo lugar.
De nuevo, la mazorca procesada, el fruto que nace en el tronco, habla, escribe, es leído, provoca historias, nos relata.
Yo creo que esas palabras, las escritas en las hojas, eran el cielo que yo buscaba cuando miraba las copas.
O quizás juntaba las sílabas que conforman este texto y ya desde pequeña lo estaba escribiendo.

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Lee aquí la primera parte de este paseo por las letras, el chocolate y el cacao de Venezuela:

Letras a la taza (I)

 

 

Lena Yau

Lena Yau

Soy narradora, poeta, periodista e investigadora. De raíces aéreas. Mezcla de caraqueña, madrileña y lanzaroteña. Especialista en el vínculo entre literatura e ingesta. Asesora literaria de El sabor de la eñe. Glosario de literatura y gastronomía (Instituto Cervantes, 2012). Autora del poemario Trae tu espalda para hacer mi mesa (Gravitaciones, 2015), de la novela Hormigas en la lengua (Sudaquia, 2015) y columnista en el diario El Nacional (Venezuela).

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