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Columnistas

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Un budín de pan como pacto de sangre

Por Estefania Simon Sasyk

Hace algunos años trabajaba en Valencia intentando hacer sentido de un lugar desorganizado y sin alma. Pero como la noche tiene día, entro por la puerta un ángel de manos mágicas y un corazón mas grande que lo que yo logro entender: Bianca.

Bianca y la apasionadísima (y no tan experimentada) cocinera que era yo en ese entonces conformamos así un equipazo de cocina por el tiempo que trabajamos juntas, rocanroleando los entrantes y los postres.

Pero un día, y prometo que esto solo lo he hecho una vez, me agarre una cólera iracunda con el jefe de cocina. Nos gritamos y finalmente le tire el delantal en la cara con la férrea promesa de que esa cocina no me vería más porque no me merecía (¡qué absoluta es la inexperiencia!).

El detalle, que convenientemente se escapo de esta cabecita, es que vivía en una casa que pagaba el dueño del restaurante. No fue esta la ultima vez que me arroje violentamente a la calle y a la suerte.

Pero sí fue la primera vez. No sabía qué hacer, ni a dónde meterme ni a quién llamar. Yo sola me había metido en esta. Pero Bianca, que sabía (y sabe) más que yo del amor y de las cosas, me llamó y me dijo que su casa (y su vida) estaba abierta. Así, sin condición, sin pedírselo.

Por el tiempo que vivimos juntas, todos los domingos nos parábamos temprano, tomábamos el café, conversábamos, íbamos al espectacular mercado de la avenida María Cristina y después cocinábamos toda la tarde.

Queríamos hacer un postre. Yo tenia muchos cachos de pan seco y un muy breve repertorio. Bianca obviamente hizo alarde de su sabiduría y sin más se puso a remojar el pan en leche y crema, mientras en su sartén golpeadita, ya el azúcar empezaba a burbujear y hacerse caramelo.

Acto seguido, el caramelo fue al fondo del molde. El pan recibió la cantidad justa (porque Bianca solo pone las cantidades perfectas) de azúcar y huevos. Eso fue todo. Quizá por eso pensé (equivocadamente) que podría replicarlo.

Aquello fue al horno en un delicado baño de maría. Esa masa informe en unos cuarenta minutos doró y cocinó. Pero Bianca no deja que las cosas se coman a destiempo, así que con gran sufrimiento de mi parte, hubo que esperar a que la creación enfriara.

Agradecida llegó la hora, y Bianca, con ayuda de la hornilla, calentó el fondo del molde. Lo volteo con destreza a una bandeja y lo sirvió sin absolutamente ningún adorno. Y sin sonrisas, porque ella es pura humildad y solemnidad.

Lo que en esa bandeja yacía es mitad mito y mitad artesanía vuelta arte. El caramelo muy ligeramente amargo, y ámbar, y total. El budín ni soso ni dulce, ni firme ni suave. Y ese cuarto estado de la materia que es idea.

Quien haya comido alguna vez “el mejor” de algo quizá entienda la agonía que yo sufro al pensar que, sin importar los años que pase cocinando, ese momento de éxtasis, de budín húmedo y temblequera, jamás volverá.

Porque Bianca cocinó el mejor budín de pan del universo, solemnemente lo sirvió, y con ese trozo cerró con candado una amistad y una receta.

Estefania Simon Sasyk

Estefania Simon

Sasyk

Soy una cocinera, casi siempre de postres, y una viajera. He cocinado en cocinas increibles: Martín Berasategui, Bras, Kichisen, Malabar y más. Carezco de domicilio fijo: desde que deje Caracas me he mudado 22 veces. Atesoro una colección creciente de vivencias.

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